Segunda Quincena de Abril de 2004











































Corpóreo en 6 capítulos
Susana Recover

I


Sobre tu cuerpo serpentea
una línea cruel
que por razones obvias nunca llega a tocarme del todo,
Yo te observo desde el equilibrio perfecto
de quien en realidad no existe.
Mi cuerpo responde a tus ritmos;
sangre rabiosa, que se acumula hasta hacerse insoportable.
Escucho tu confusa respiración entrecortada
Tu boca se desdibuja y se convierte en una mueca impenetrable.
(sudas a mares).

II


Mirada salvaje y triste; agua verde, turbia.
Hay un camino perfecto que calibra el silencio
la ruta que nace justo debajo de tu ombligo insolente
Eres venas, tendones, vísceras, oblicuos perfectos…
Déjame morir fuera de este espejismo
que no me devore tu mundo que conozco de lejos
Quiero escucharte, pero sin el cerco oscuro
que impones pese a ti mismo
Recoger definitivamente tu risa con mi lengua
Sé que soportaré el dolor
de juntar todos los roces de un dragón nostálgico
que se hacía el dormido.

III


Hombre convexo de espalda imposible
eres una ola sanguínea y brutal
que revienta en mi orilla.
Maestro de las palabras rotas
árida era tu mirada ajena al mundo
justo cuando ayer me decías que también se ama castigando…

Esta noche, como tantas otras, eclipsarás un cuerpo que te pertenece
mientras yo te pienso con los labios sellados
y mis uñas, mis dedos, mis dientes
excavan la plenitud de tu torso.
Bajo la curvatura de tu espalda dibujaré círculos imperfectos
para que entiendas por fin que nadie te ha tocado
pues lo justo hubiese sido verte caer de rodillas
y penetrar ciego en la simetría del musgo que te espera.

IV


Látigo delirante; serpiente de agua
tigre herido en la selva de mis besos
socava la guarida que te contiene hace tiempo
Quiero verte desplegar tus antebrazos de fuego sobre mi espalda
Y someterme al peso dulce y doloroso de tus historias

V


Creo que no soy yo a quien ilumina tu lámpara de sal
Bajo la luz difusa del recinto
tus pupilas eran duras y ausentes
Tomabas tu cerveza a sorbos lentos, breves
Mi corazón era un monstruo de cien cabezas agitadas
apenas me rozaron un par de veces tus dedos y fue por equivocación
sabrá dios a quién mirabas…

VI


Hasta tu isla creía que me llevaba la marea
Tan ciega estaba que navegaba inconsciente de mis propias brazadas febriles
pensando que era el sol el que agrietaba mis labios hasta hacerlos sangrar…
Mi norte fue siempre el verde medio vacío que sollozaba en tus ojos
Soy un barco antigüo zozobrando en la costa de tus manos aceradas

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Ojo de sordo.
Giovanni Collazos

Un silencio en mi interior
me indica un camino,
palabras sin sonido alguno
percibidas por un vacío sensitivo,
movimientos instintivos, capturados
por unos ojos de especial ver.
Movimientos en silencio
marcan pasos de una danza
de ondulante cadencia plasmada,
en mi retina receptora
de rítmica actividad,
prolongada en intemporal lujuria,
alimentada por la dinámica
de tu estructura.

Por estos ojos aprendí a escucharte,
en silencio puedo ver tu semblante,
captar tu sonrisa, sentir tu aliento.
Por estos ojos capture tu imagen,
te sentí, te ame y pude ver
como nuestros cuerpos se fundieron
en un calor intenso,
constante.

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Hoy fui a la Opera
Clarisa

Cortinas abiertas
Luces apagadas
Calló el murmullo de la gente
Se escuchaba el crujir de los asientos.

Los sonidos comenzaron
La apoteosis musical
La vibración de los latidos,
Al compás.

El canto hipnotizador
La majestuosidad de la ropa
La piel estremecida
Conteniendo los sentidos.

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¿Quién mató a Blanco?
Pilu

Blanco apareció muerto delante de su casa. Lo encontró un vecino a primera hora de la mañana y entró en el patio sin llamar porque pensó que no había nadie en la casa. Arrastró su cuerpo exánime hasta encontrar un lugar dónde enterrarlo. De mal humor y con el ceño fruncido se preguntaba quién habría podido matar a Blanco.

Mientras abría un hoyo en la tierra húmeda hizo repaso de sus vecinos. Recordó el recelo de Sinta siempre que veía pasar a Blanco sin horarios, sin respetar las vallas de los patios ni los furiosos ladridos de los perros atados ni los gritos amenazadores de las vecinas.

Pensó en Luis, en Ramón y en Julio y en la discusión que habían tenido la tarde anterior por cuenta de cuándo era el mejor momento para embotellar el vino blanco. Y que Luis, después de la partida y de haber corrido a Blanco de la puerta del bar, gritó desde el otro lado de la carretera: "que no, hombre, que no, que con este tiempo de tormenta no se puede embotellar el vino porque entra revuelto, no asienta y se estropea".

Pensó en Rosario que avisó a Herminda para que le dijeran a él que se acercara a casa de los Barroso a ver si podía ayudar a enterrar a Blanco.

También recordó la mañana de lluvia tenaz en la que Manuela llegó a misa acompañada de Blanco, que se sacudió el agua mientras ella cerraba el paraguas, y cómo Manuela, furiosa, le regañaba para que se quedara afuera y entró diciendo a todo el que quisiera oírla que Blanco la seguía a todas partes como si fuese bueno, que ya estaba harta, que entraba y salía de su casa cuando le daba la gana, que le robaba la comida, que cualquier día de estos... Apretó los dientes, estiró la cabeza hacia el confesionario y se sentó, muy digna, en su banco.

El hoyo estaba alcanzando las dimensiones idóneas para el entierro; él continuaba ensimismado en su tarea hablando en voz alta creyendo que nadie le oía: que parecía el criado del pueblo, que ya podía venir alguien a ayudarle, que a quién se la habría ocurrido envenenar a Blanco, porque estaba claro que había sido envenenado, el cuerpo rígido todavía caliente y los orificios nasales enrojecidos y dilatados no dejaban lugar a dudas.

De pronto la voz de la pequeña de los Barroso:
- Hola, ¿qué estás haciendo?
- Pensé que no había nadie en la casa- dijo enfadado, he encontrado a Blanco muerto en la puerta de vuestro patio, no se puede quedar ahí.
- ¿Y qué ha pasado, cómo ha sido, cuándo?- La muchacha le miró asombrada, le preguntaba sin atreverse a acercarse ni a ofrecerla ayuda hasta que salió corriendo.
- Por lo menos me limpiaréis las botas, je, je- rió a sus espaldas.

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