¿Quién mató a Blanco?
Pilu
Blanco apareció muerto delante de su casa. Lo encontró un
vecino a primera hora de la mañana y entró en
el patio sin llamar porque pensó que no había nadie
en la casa. Arrastró su cuerpo exánime hasta encontrar un
lugar dónde enterrarlo. De mal humor y con el ceño
fruncido se preguntaba quién habría podido matar a Blanco.
Mientras abría un hoyo en la tierra húmeda hizo repaso
de sus vecinos. Recordó el recelo de Sinta siempre que
veía pasar a Blanco sin horarios, sin respetar las vallas
de los patios ni los furiosos ladridos de los perros
atados ni los gritos amenazadores de las vecinas.
Pensó en Luis, en Ramón y en Julio y en
la discusión que habían tenido la tarde anterior por cuenta
de cuándo era el mejor momento para embotellar el vino
blanco. Y que Luis, después de la partida y de
haber corrido a Blanco de la puerta del bar, gritó
desde el otro lado de la carretera: "que no, hombre,
que no, que con este tiempo de tormenta no se
puede embotellar el vino porque entra revuelto, no asienta y se estropea".
Pensó en Rosario que avisó a Herminda para que le
dijeran a él que se acercara a casa de los
Barroso a ver si podía ayudar a enterrar a Blanco.
También recordó la mañana de lluvia tenaz en la que
Manuela llegó a misa acompañada de Blanco, que se sacudió
el agua mientras ella cerraba el paraguas, y cómo Manuela,
furiosa, le regañaba para que se quedara afuera y entró
diciendo a todo el que quisiera oírla que Blanco la
seguía a todas partes como si fuese bueno, que ya
estaba harta, que entraba y salía de su casa cuando
le daba la gana, que le robaba la comida, que
cualquier día de estos... Apretó los dientes, estiró la cabeza
hacia el confesionario y se sentó, muy digna, en su banco.
El hoyo estaba alcanzando las dimensiones idóneas para el entierro;
él continuaba ensimismado en su tarea hablando en voz alta
creyendo que nadie le oía: que parecía el criado del
pueblo, que ya podía venir alguien a ayudarle, que a
quién se la habría ocurrido envenenar a Blanco, porque estaba
claro que había sido envenenado, el cuerpo rígido todavía caliente
y los orificios nasales enrojecidos y dilatados no dejaban lugar
a dudas.
De pronto la voz de la pequeña de los Barroso:
- Hola, ¿qué estás haciendo?
- Pensé que no había nadie en la casa- dijo enfadado, he encontrado a Blanco muerto en la puerta de vuestro patio, no se puede quedar ahí.
- ¿Y qué ha pasado, cómo ha sido, cuándo?- La muchacha le miró asombrada, le preguntaba sin atreverse a acercarse ni a ofrecerla ayuda hasta que salió corriendo.
- Por lo menos me limpiaréis las botas, je, je- rió a sus espaldas.
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