Florence
Pilu
Florence era la menor de una larga lista de seis
hermanos, y seis eran también los hermanos de su madre
y todos ellos, menos el tío Walter, tuvieron más de
tres hijos. Con tal gentío, las vacaciones de verano en
la casona de los abuelos nunca eran aburridas.
Walter era el más pequeño de los tíos y debido
a las curiosidades de las familias numerosas, apenas era un
par de años mayor que Florence.
La familia de Florence era abierta y divertida. Les gustaba
pasarlo bien, reírse estruendosamente, beber cerveza y comer pasteles de
frutas.
La casona de los abuelos estaba a las afueras de
Munich y tenía una gran patio con muchos árboles, una
piscina y una pequeña huerta. Durante la estancia veraniega, debido
al montón de gente y al tamaño de la casona,
las tareas eran numerosas por lo que el trabajo estaba
muy bien organizado. Florence y Walter pasaron varios veranos en
la cocina, pelando y picando frutas para los increíbles pasteles
que allí se preparaban. Por las tardes, después de la
siesta, era el tiempo del juego y de los baños
en la piscina. Aquel lugar era como un paraíso terrenal,
durante siete días nadie extrañaba nada del mundo exterior.
Florence nunca pudo explicarse bien cuándo empezó a tener relaciones
sexuales con su tío Walter. Siempre creyó que la educación
abierta que profesaba la familia se lo permitió. Sencillamente el
sexo era un aspecto más de su ya intensa, íntima
y rica relación, tan natural como darse un beso en
la mejilla o un abrazo, tan necesario como era para
ellos verse y pasar aquellos días juntos y felices, necesario
para reconocerse cómo les cambiaban los cuerpos año tras año
y después contarse la vida.
Florence y Walter permanecieron siempre unidos por una especie de
cordón invisible que les permitía estar en contacto a través
de los años y de las diferentes decisiones que casa
uno iba tomando. Durante el año escolar apenas se veían.
La única ocasión que a veces se brindaba era cuando
Margot, la hermana mayor de Florence, tenía el ánimo de
organizar una comida para celebrar el aniversario de la boda
de los abuelos, el 25 de abril. Entonces convocaba a
todos los hermanos para pasar el fin de semana en
la casona. Pero los años que Margot tuvo a cada
uno de sus cuatro hijos no hubo quien le sustituyera en la tarea.
El resto del tiempo se escribían cartas y se intercambiaban
libros por correo, manteniéndose cerca, sabiendo que más temprano que
tarde iba a llegar el verano y las vacaciones en
la casona donde podrían verse y contárselo todo.
Cuando Florence terminó el instituto se fue a Berlín a
estudiar danza. Allí pasó más de 5 años compartiendo pisos
con amigas que, como ella, estudiaban para conocer sus cuerpos
y explotar y rentabilizar cada una de sus capacidades.
Florence vivía contenta. Al menos dos veces al año iba
a Storofen a visitar a sus padres, y mientras sus
abuelos vivieron, nunca se perdió una semana de estancia en
la casona de Munich. Pero cuando el viejo Felipe se
cansó de habitar solo aquella enorme casa, nadie más habló
de volver allí, fue como si todos se hubiesen vuelto
viejos de repente y aquellos inolvidables veranos formaran parte de
un pasado que ya no volvería.
El viejo Felipe murió veinte años después que su esposa
Julia, tenía casi 93 años y estaba muy cansado. Llevaba
todo ese tiempo viviendo sólo en la casona, apenas alguna
estancia ocasional de alguna de sus nietas y por supuesto,
Aurora, una señora que le ayudaba en las tareas de
casa de lunes a viernes. Los últimos inviernos le estaban
afectando mucho, se le pegaba el frío al cuerpo y
una tristeza que le vaciaba la mirada. La llegada de
verano y de la algarabía familiar le calentaba los recuerdos,
pero poco a poco se fue apagando hasta que se murió de viejo.
En el entierro del viejo Felipe fue la última vez
que comieron juntos todos los tíos de Florence.
Florence recibió regularmente en Berlín la visita de Walter.
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