Primera Quincena de Junio de 2004











































El Pilot
Iván Carrera, Giusseppe

Apoyé el pilot sobre el papel y me quedé dormido con el ojo abierto cuando un gato con un sombrero de Napoleón me oscultó con sus bigotes el sueño despertándome de golpe con su lengua áspera en mi párpado lo que hizo que me levantase y pisase con todas mis fuerzas su rabo amarillo.

Me doy cuenta de que sigo soñando ya que no hay rabos amarillos en el mundo real. En mitad de mi sueño, un ojo negro y grande va creciendo y, en los extremos de la realidad, todos los ojos se cierran sensibles a la luz del sol.

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Me quemo los dedos
Giusseppe, Iván Carrera

Me quemo los dedos con el vaso de té, intento beberme el té de un trago para no sostener el vaso que tanto me quema y se me queman los labios y la lengua y el esófago.

Entonces la señora de la limpieza comienza a echar madera al fuego y viejas cartas de amor que le escribió su amante que murió abrasado por culpa de una infusión caliente, según reza la leyenda que escribió una mujer que había sido su madre, y quien resulta que estaba casada en segundas nupcias con el hombre post-nuclear-ceniza que escribía las bellas cartas a su adorable hija, la de la leña en la hoguera.

El fuego quemó las cartas, la madera y la mujer, sin dudarlo, se echó a dormir sobre las brasas.

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Relámpago Naranja
Susana Recóver

Relámpago naranja
Callejuela oscura y desangelada
Por donde te aventuras a pasar sólo de vez en cuando
Tocas la puerta y se abren hasta los balcones
Un ave nocturna de plumaje plateado
Vuela a ras del asfalto y sangra
Un gato maúlla la humedad de las calles
Cruza el silencio por las puertas vacías
Desvencijadas
Rotas de tus labios mudos
Hay una mujer triste empapada por la lluvia de tus manos
Que camina inexorablemente
Hacia tu piel de agua
Hacia el incomprensible olor marino de tu cuerpo.

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Katy, la prima de Guzmán
Susana Cavero Cusi

Cuando Germán se despidió de su familia también lo hizo, a solas, de la foto de su prima. Su prima estaba enmarcada y colocada en el salón de sus padres, la foto mostraba una adolescente de unos 12 años que sonreía resueltamente a la cámara.

Germán había crecido con Katy, sus tíos vivían a dos manzanas de la casa de este y los niños siempre habían jugado juntos pese a que Germán le llevaba dos años. Juntos fueron al mismo colegio y juntos también empezarón a salir con los compañeros del barrio perteneciendo a la misma pandilla.

Germán siempre iba a buscar a Katy por la mañana temprano para ir al colegio y siempre volvían a la par a la salida de clase. Pero un día Germán con un par de amigos decidieron no volver del recreo, decidieron hacer pellas e irse al río a chapotear.

Ese día Katy no regresó a casa. Se la buscó por todos lados, se avisó a la policía, se hicieron batidas en el cercano bosque donde se encontró su mochila, se anunció en la prensa, en la tele y hasta en los cartones de leche. Pero Katy nunca regresó y la policía nunca supo bien esclarecer el hecho.

Germán siempre se sintió responsable, sabía que si él hubiera estado con Katy nada de esto le habría pasado, además su madre Alberta siempre le había inculcado que protegiera a Katy puesto que esta era más pequeña.

Katy siempre había lamentado no ser un chico, pensaba que estos eran mucho mas divertidos y osados que las chicas, también creía que no se los sobreprotegía tanto y que además no se esperaba de ellos que realizaran las tareas caseras que a veces a ella le encomendaban, es por estos motivos por los que siempre se había integrado en la pandilla más cómo un compañero que cómo una compañera, pero al entrar en la adolescencia los chicos cambiaron su actitud no sólo con ella si no con todas las chicas en general.

A veces los chicos organizaban actividades sólo para ellos y no contaban con ella para nada, así que Katy se sintió desplazada y no fue capaz de encontrar su sitio ni entre los chicos que a veces la rehuían, ni entre las chicas que siempre la acogían amablemente pero con las que no terminaba de sentirse cómo una igual. Así que Katy empezó a convertirse en una adolescente mas bien solitaria cuyo único objetivo era ser aceptada cómo un chico más de la pandilla.

En ocasiones cuando se enteraba que los chicos iban a hacer algo sin contar con las chicas, Katy lo que hacía era seguirles y observar su comportamiento para después imitarlo al máximo cuando estaba con ellos. El día que Germán decidió ir a chapotear al río con sus amigos, lo primero que hizo fue avisar a Katy de que ese día no regresaría con ella desde la escuela, le pidió que le mantuviera el secreto y que cuando regresara a casa no le comentara a nadie que no había vuelto con él. Germán a su vez se comprometió a regresar a su casa a la misma hora de siempre haciendo ver que venía de la escuela. Así que Katy rabiosa porque no habían contado con ella decidió seguirles fugándose a su vez de la escuela.

Los chicos corrían mucho en dirección al río y Katy apenas podía mantener su ritmo así que decidió dejar su mochila en un punto conocido del bosque para poderlos seguir sin ser entorpecida por el peso y recuperarla en el camino de vuelta. Una vez que se deshizo de la carga se sintió mucho mas liviana y empezó a correr a gran velocidad para recuperar la pista, con tan mala suerte que tropezó y cayó al suelo golpeándose la cabeza y quedando inconsciente.

Cuando Katy despertó no recordaba absolutamente nada, estaba desorientada y le dolía enormemente la cabeza, no sabía bien ni quien era ni dónde estaba, lo único que sabía era que tenía que seguir el curso del río.

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A punto de morir
Pilu

Por las noches el ruido de sus zapatos nos alertaba de su visita. Siempre era el mismo miedo. Le oíamos cuchichear con el soldado de la puerta y se iba. Al rato sacaban a una o dos de sus celdas y no las traían hasta bien entrada la madrugada. Cada una aislada en su celda no sabía qué les había pasado a las otras, sólo podíamos saber lo que habían hecho con una. No podíamos salir al patio. No podíamos hablar. Con el tiempo conseguimos comunicarnos golpeando la pared con los dedos, suavecito. Así supe que mi vecina de la izquierda era Fernanda, mi compañera de célula. Cómo a mi, la habían sacado de su casa la noche de la huelga general. La de mi derecha no respondía. Sólo se le oía el miedo. Todas teníamos miedo. No sabíamos nada de nuestras familias y amigas.

Una noche se llevaron a Fernanda. Tardé más de una semana en oír sus golpecitos en la pared. Me dijo que la habían jodido.

Aquella cueva era un infierno. Apenas teníamos luz. El espacio no alcanzaba para estirarse. No había aire, ni agua, ni comida suficientes. Nada qué hacer. Sólo esperar y no pensar. No pensar en los golpes, en las heridas, en las salidas nocturnas, en las torturas, en el ruido de sus zapatos golpeando las baldosas.

De pronto, una niña abrió la puerta de mi celda. Me cogió con su manita y me hizo salir. En el pasillo encontré a Fernanda y a las otras y a muchas niñas y niños que nos invitaban a salir al patio. El aire olía a limpio. La luz era clara y cálida. Había mucha gente esperándonos. Salimos de aquel horrible lugar (ojalá lo hubiera olvidado) por nuestro propio pié, curadas las heridas. Y volvíamos a la escuela del sindicato.

No sé cuánto tiempo estuve dormida. Me despertó su taconeo arrogante. Estiré el oído. Traían una nueva presa, arrastrándola. Intentaba decir algo y a cada intento recibía un golpe. Una vez más el corazón apretado como una aceituna, los músculos duros para contener tanto dolor. La mente queriendo reconocer la voz de la recién llegada y a la vez queriendo olvidarlo todo. Olvidar hasta nuestro nombre. Cada día a punto de morir. Todavía no sé cómo sobrevivimos. Ni cómo sobrevivimos a las que murieron. Ni cómo es posible que esos asesinos estén todavía vivos.

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Cofre de Oriente
Clarisa

"Abrimos un cofre que viene de Oriente"
Ch. Baudelaire


Abrimos un cofre que viene de Oriente
Y salen hadas y tapices
Años de cultura detenida salen cuarenta ladrones y Alí Baba.

De Oriente a Occidente
Sale una absurda linea divisoria se destapa la opresión,
el distinto, el otro, el diferente.

Un cofre de madera pintado
Antiguo y con olor a ginseng
Robado de una cueva por la noche
Salen ojos rasgados, armando una noria
Y especies que invaden el aire.

En Occidente abrimos
El cofre de Oriente
Siguen saliendo y quedan
Suspendidas en la habitación
Pero nos levantamos para
Coger y abrir otro.

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Refugio perdido.
Giovanni Collazos

Camino en medio de la soledad
de esta noche vacía,
buscando un refugio
para mi mente perdida.

No hay estrellas esta noche...

Camino por las calles del olvido,
tratando de extraviar en mi memoria
momentos que he perdido,
pereciendo en el fracaso,
sumergiéndome en delirios.

Mis ojos húmedos
reflejan la tristeza
de este desencanto lobreguez,
de la penuria silenciosa
de este llanto contenido.

Noche sin estrellas...

Camino por la calle del olvido
debajo de tu cielo,
siguiendo una eclíptica ruta
de soledad constante.
Sigo y busco
refugio perdido...

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Florence
Pilu

Florence era la menor de una larga lista de seis hermanos, y seis eran también los hermanos de su madre y todos ellos, menos el tío Walter, tuvieron más de tres hijos. Con tal gentío, las vacaciones de verano en la casona de los abuelos nunca eran aburridas.

Walter era el más pequeño de los tíos y debido a las curiosidades de las familias numerosas, apenas era un par de años mayor que Florence.

La familia de Florence era abierta y divertida. Les gustaba pasarlo bien, reírse estruendosamente, beber cerveza y comer pasteles de frutas.

La casona de los abuelos estaba a las afueras de Munich y tenía una gran patio con muchos árboles, una piscina y una pequeña huerta. Durante la estancia veraniega, debido al montón de gente y al tamaño de la casona, las tareas eran numerosas por lo que el trabajo estaba muy bien organizado. Florence y Walter pasaron varios veranos en la cocina, pelando y picando frutas para los increíbles pasteles que allí se preparaban. Por las tardes, después de la siesta, era el tiempo del juego y de los baños en la piscina. Aquel lugar era como un paraíso terrenal, durante siete días nadie extrañaba nada del mundo exterior.

Florence nunca pudo explicarse bien cuándo empezó a tener relaciones sexuales con su tío Walter. Siempre creyó que la educación abierta que profesaba la familia se lo permitió. Sencillamente el sexo era un aspecto más de su ya intensa, íntima y rica relación, tan natural como darse un beso en la mejilla o un abrazo, tan necesario como era para ellos verse y pasar aquellos días juntos y felices, necesario para reconocerse cómo les cambiaban los cuerpos año tras año y después contarse la vida.

Florence y Walter permanecieron siempre unidos por una especie de cordón invisible que les permitía estar en contacto a través de los años y de las diferentes decisiones que casa uno iba tomando. Durante el año escolar apenas se veían. La única ocasión que a veces se brindaba era cuando Margot, la hermana mayor de Florence, tenía el ánimo de organizar una comida para celebrar el aniversario de la boda de los abuelos, el 25 de abril. Entonces convocaba a todos los hermanos para pasar el fin de semana en la casona. Pero los años que Margot tuvo a cada uno de sus cuatro hijos no hubo quien le sustituyera en la tarea.

El resto del tiempo se escribían cartas y se intercambiaban libros por correo, manteniéndose cerca, sabiendo que más temprano que tarde iba a llegar el verano y las vacaciones en la casona donde podrían verse y contárselo todo.

Cuando Florence terminó el instituto se fue a Berlín a estudiar danza. Allí pasó más de 5 años compartiendo pisos con amigas que, como ella, estudiaban para conocer sus cuerpos y explotar y rentabilizar cada una de sus capacidades.

Florence vivía contenta. Al menos dos veces al año iba a Storofen a visitar a sus padres, y mientras sus abuelos vivieron, nunca se perdió una semana de estancia en la casona de Munich. Pero cuando el viejo Felipe se cansó de habitar solo aquella enorme casa, nadie más habló de volver allí, fue como si todos se hubiesen vuelto viejos de repente y aquellos inolvidables veranos formaran parte de un pasado que ya no volvería.

El viejo Felipe murió veinte años después que su esposa Julia, tenía casi 93 años y estaba muy cansado. Llevaba todo ese tiempo viviendo sólo en la casona, apenas alguna estancia ocasional de alguna de sus nietas y por supuesto, Aurora, una señora que le ayudaba en las tareas de casa de lunes a viernes. Los últimos inviernos le estaban afectando mucho, se le pegaba el frío al cuerpo y una tristeza que le vaciaba la mirada. La llegada de verano y de la algarabía familiar le calentaba los recuerdos, pero poco a poco se fue apagando hasta que se murió de viejo.

En el entierro del viejo Felipe fue la última vez que comieron juntos todos los tíos de Florence.

Florence recibió regularmente en Berlín la visita de Walter.

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