Indice de los textos de la quincena:
La siguiente frase la encontré en un libro:
“El retorno siempre sería tan importante como la partida. Partir no era suficiente, o lo era sólo a medias: necesitaba volver. En aquella tendencia asomaba ya, tal vez, la naturaleza de la inmensa exploración que un día habría de emprender hasta más allá de los confines de lo inteligible.”
Pienso en las veces que me fui, en las tantas otras en las que aun no he regresado o quizá si. Continuo bebiendo chocolate caliente con crema y pequeñas y dulces nubecitas; también, suave cerveza encerrada en una lata esbelta y dorada de medio litro.
No he vuelto, y eso lo grita una mochila que continua prácticamente intacta desde el último lugar en que la dejé.
Tal vez este nuevamente en esta ciudad de la que nunca me cansaré de decir que es hermosa y gris. Un lugar en el que el Principito se hace carne en los columpios de una Castellana vacía y a media luz, donde con tizas de colores puedes dibujar en el asfalto la huella de tus zapatos, donde las miradas son el mejor viaje y las caricias el mejor de los poemas. Un lugar en el cualquier rincón puede usarse para observar el mundo, donde no existen vallas imposibles de saltar o leyes que prohíban convertir el mundo en magia o detengan el verdadero amor.
Si, podría decir que me fui y que después de que la naturaleza de la inmensa exploración me llevase más allá de los confines de lo inteligible, regresé; pero no estoy tan segura y tampoco se hasta que punto importa, porque se me ocurre que mi corazón, esa parte física que protegemos del mundo con el tórax, forma parte de la sangre de aquellos a los que quiero y que me quieren. Y por eso, aprendo a ser una viajera con destino a todas partes.
Soy una hoja, se que ya es tarde pero a veces me gusta acompañar a los búhos y a los pavos reales que suben hasta aquí y quedarme la noche despierta, como ellos, observando el mundo, incluso contando las ventanas que mantienen su luz encendida hasta el amanecer.
Hoy, tengo ganas de hablar, cosa por otra parte muy rara en mi, siempre inquieta, sin dejar de mirar. Desde que recuerdo he pasado mi vida colgada de una rama, pero ahora al final de mi tiempo se que voy a caer. Debo reconocer que es un hecho que aunque inevitable y lógico, no deja de crearme cierta tensión o desasosiego o… miedo.
Aunque pueda parecer un tanto absurdo, no pensé en ello hasta el día en el que vi a la primera de nosotras irse, Fue en ese momento en el que comencé a reflexionar sobre todo lo que podría suceder con la llegada del otoño y de un soplo fuerte de viento (bueno, he de reconocer que ya no hace falta que sea tan fuerte, por que me he vuelto débil, también mas sabia, o si lo preferís, mas informada).
Quizá todo lo que he pensado en estos meses de lluvia no tiene mayor importancia que la simple visión de una hoja unida a un árbol por un pequeño ombligo, pero ¿qué habrá ahora?, ¿Al caer?, ¿Al tocar por primera vez el suelo?, ¿Cómo será el contacto con la tierra? ¿Que descubriré en ese viaje? Y… ¿cuanto me habré perdido por estar siempre aquí?, ¿Qué es lo que habré ganado?...
Hace ya algunas noches o tal vez durante las horas de siesta, tuve un sueño...
Estaba sola en el bosque, y a lo lejos si me esforzaba, podía ver como comenzaba una tormenta perfecta (considero, que todas lo son, tanta belleza creada por relámpagos, truenos, agua, nubes grises y espesas, siempre tan hermosas, tan irrepetibles e incomparables…)
Pues bien, un repentino aire terminó por hacerme caer, no era todavía el momento, o tal vez si, al fin y al cabo quien sabe con certeza cuando cambiará el rumbo de su tiempo?. Puede que si hubiera habido alguna otra hoja en aquel lugar, no hubiese sucedido, pero no fue así, me dio de lleno, y el desgastado cordón umbilical se desprendió de mi cuerpo.
En ese instante, no voy a mentir, no recuerdo si por mi mente pasaron las miles de imágenes que me regalaron los años, o las preguntas, o los colores, tampoco si quiera la sabia se agolpó en mis extremidades. Me dejé llevar, respire lo nuevo, y comencé a volar, como las aves que tantas veces había observado sobrevolar la ciudad al anochecer.
Tras unos minutos lentamente fui acercándome al suelo. Lo cierto es que nada se parecía a lo que había llegado a imaginar, y la lluvia me bañaba instándome a no tener vértigo.
Creo que estoy dando demasiados detalles, pero lo cierto es que era tan hermoso, tan desconocido, que soy incapaz de no mencionar la mayoría de las cosas, aun sabiendo que son producto de mi cabeza, vaya, era tan real, era capaz de oler la madera mojada, notaba la suavidad de las plumas de mis irreales alas…
Bueno continuaré. Unos segundos después comencé a planear y para mi sorpresa no toque la tierra húmeda, si no que me posé sobre las aguas de un río desbocado y aun así seguro del lugar al cual debía conducir sus aguas.
Sentí calor, alguna vez he oído que en los días de tormenta el agua de embalses pantanos, piscina, etc … , se calienta. Esos grados de mas tras mecerme dulcemente, me abrazaron y me condujeron al fondo
Traté de inventarme alguna manera de salir y cruzar a la otra orilla (ya que estaba prácticamente de excursión no iba a regresar al sitio del que había partido).
Ahora que lo pienso tal vez eso en mi vida real signifique que no creo en la desidia ante los obstáculos.
Sea lo que sea, y dejándolo a un lado, como no lo conseguía, y había realizado un gran esfuerzo, me quede adormilada, resguardada entre plantas y piedras que se mantenían firmes ante las embestidas de la corriente. ¿Cuánto tiempo llevarían allá abajo? ¿Qué me podrían contar si hablásemos el mismo idioma? ¿Habrían ido creciendo a base de las plantitas y las pequeñas piedras que no soportando durante años aquella fuerza habían llegado hasta allí? ¿Cómo yo volaron alguna vez?
Entonces desperté.
No he sido capaz de responder a ninguna de estas preguntas, me he perdido feliz en su magia. Satisfecha de todo lo que he visto, triste por lo que no me dará tiempo a ver, pero ocurra lo que ocurra al final del invierno, lo he vivido.
Bob bebe y fuma.
Bob bebe y fuma mucho y de todo y si no tuviera el cuerpo de eso de lo que se hacen las uñas, Bob se pincharía hasta en el alma.
Bob se fumó a su hermano pequeño. Quería probar un nuevo tipo de porro. Para mezclarlo con algo que le diera sabor, lo quemó dentro del colegio con sus compañeros de clase de primero de bichillerato. Tanto fue el espectáculo, que hizo fotos, y las vendió, a cambio de papel para liarse a sus padres.
Evidentemente, Bob no tiene familia.
Además Bob es un escarabajo pelotero. Y por encima de todo incluso por encima de una pila de estiércol fresco, Bob es un vividor, y un buscavidas que no sabe jugar al billar... y un solitario.
Ahora dice que su papá es el estiércol, y a su mamá la llama maría. Cuenta que nació en una mesa con ordenador y con impresora, justo en el agujero que hizo una termita. Por eso, dice, conoce bien el vacío. Por que nació en un agujero, y es un minero del vicio.
Bob es mujeriego, y mucho. Y lo tiene tan asumido a medias, que su vida es un cilindro de amor hueco, todas lo conocieron y llenaron un poco más su cilindro de vacío, y fueron marcadas por su nada.
Pero hay una raza, más llena que la nada después de comerse fantasía. Come una vida y se llena, y otra, y otra, contribuyen al alma universal con su putiverso particular. La secta de las Mantis Religiosas.
Bob las había pinchado a todas menos a las prohibidas, sin imaginar que ellas iban a conseguir que todos los agujeros que hacía y el agujero que lo dio a luz lo hicieran héroe, montaña y hogar.
Pero por algo tenía que empezar todo, y todo empezó por la primera de la que se enamoró. Ella era una mantis religiosa de las que, tal como contaron, se comen a sus amantes desde la sonrisa hasta las ganas de respirar.
Él, Bob, y aquello, la montaña de los cristales rotos.
Por algo tenía que empezar todo, y todo empieza aquí.
Aún así y hasta la próxima, que sepáis que no es que Bob no tenga corazón, es que se cree tan grande que su corazón es una peca de niña pecosa. Y por encima de todo, incluso por encima de una pila de estiércol fresco...