Indice de los textos de la quincena:
Al levantarme, me gusta salir a la terraza para sentir la temperatura exterior. Me gusta tener terraza en mi casa, aunque sea chiquita, lo suficiente para salir de cuerrpo entero y tomar contacto con el mundo. Aunque, desde luego, me gustan las terrazas grandes, en las que quepa una mesa con sillas y una tumbona, una buena y soleada terraza. Pero lo que más me gusta son las casas con patio, eso sí que es lo mejor, sobre todo por el desayuno, me encanta desayunar al aire libre en pijama, me produce una dulce sensación de placer supremo, como dijo mi amigo Carlos: "un desayuno de cine".
Me gusta pasear por la ciudad y descubrir una tienda, una casa en las que nunca había reparado, imaginar a las gentes que habitarán las casas que más me gustan, observar a la gente, quién está detrás de cada escaparate, de cada ventana. Me encanta mirar dentro de las ventanas que dan a la calle, y lo que pueda ver de las que están más altas.
No me gusta fregar los platos, no es que me moleste, pero cuando termino de comer lo último que se me ocurre es fregar los platos. Cuando estoy sola en casa los trastos sin lavar se acumulan hasta que no se puede preparar nada en la cocina o hasta que se acaban los vasos, puntos éstos que suelen coincidir.
Odio los grandes almacenes, me vuelven loca porque no hay manera de elegir, siempre encuentras varias marcas de cualquier producto, hay calcular el ahorro, la calidad de la marca, si ya lo conoces o alguien te lo ha recomendado, o decidirse directamente por los que el supermercado se ha encargado de señalar como los más baratos. En el pasillo que realmente me espeluzna es el de los yogures, mejor dicho, lácteos...
¿Alguien ha reparado en la cantidad de yogures que existen en el mercado: yogures líquidos, sin grasa, con frutas, con frutas en trozos, de sabores, con mermelada, mouse de yogur? Por no hablar de los flanes, chocolates, arroz con leche y un sin fin de postres.
Una vez visité a un amigo guatemalteco que estaba en Salamanca. Había provisto la nevera excelentemente. Asombrada cuando me ofreció un yogur de piña, le pregunté que cómo se le había ocurrido comprar yogur de piña, y me constestó que le había impresionado de tal manera el expositor de los yogures que compró lo que le resultó más familiar.
Sin embargo compro en el hiper del barrio, porque me resulta más fácil entrar y comprar de todo lo que necesito en el mismo sitio. En ellos compro los alimentos no perecederos: legumbres, pastas, latas, leche, jabón. Adoro las tiendas del mercado para todo lo demás, y ver cómo limpian el pescado, o deshuesan el pollo, o eligen la fruta conforme las exigencias del cliente...
Me gusta salir y estar en casa, doble pasión que defiendo con igual fervor. Me gusta reunirme con mis amigas tanto si viven en la ciudad como fuera de ella, me gusta charlar y compartir el silencio. Me gustan los conciertos y las fiestas. A veces se me acumula mucha actividad social, entonces, me parapeto en casa durante días, y no abro la puerta ni cojo el teléfono.
Me gusta el curso de cine que estoy haciendo en el espacio gratuito de Clave 53 los domingos por la tarde. Me lo paso muy bien. Todavía no sé cómo me veo en ese mundo, de momento estoy buscando una historia para un corto.
Bob tenía urticaria. Le picaba todo. Y si no fuera porque tiene el cuerpo de eso de lo que se hacen las uñas, Bob se hubiera rascado hasta en el alma y es que, el día que Bob quemó a su hermano para hacerse un porro, habían llevado a todos los bichos del colegio de visita a casa de Doña Ortiga, o sea que Bob se fumó a su hermano y a sus pequeños compañeros, pero como si se hubiera comido una hiedra venenosa.
Bob no siempre fue un vicioso. Mucho antes de llegar a esto, Bob era un escarabajo más, que andaba de aquí para allá con su pelotita de basura. Lo único que le diferenciaba del resto de los escarabajos peloteros, y de casi todos los bichos, era lo que los especialistas, los saltamontes de bata blanca dieron en llamar imaginación. Los padres de Bob no fueron capaces de asumirlo, y siguiendo el consejo de su saltamontes de cabecera, lo dieron por perdido, o mejor dicho, se esforzaron por perderlo.
Aún así Bob tardó algún tiempo en darse cuenta de que su familia le había abandonado. Bob era un tipo bastante despistado, y de hecho, casi a punto de finalizar su adolescencia pelotera se percató del abandono sufrido. Os preguntareis cómo alguien, por muy escarabajo y muy pelotero que sea, puede pasar media infancia y casi toda su adolescencia sin darse cuenta de que las únicas personas que conoce no están. En este caso, tiene su explicación.
Un día normal en la vida diaria de Bob consistía en dar dos, incluso tres pasos(normalmente con dos basta), mirar fijamente un trocito de basura, esperar a que el trocito de basura le devolviera la mirada, y con todo el respeto del mundo invitarla a subir a su pelota de porquería. El trozo de basura no solía resistirse a montar, aunque a veces tuviera que convencerla con argumentos como que él sólo recogía basura de primera calidad. La basura tiene una naturaleza bastante orgullosa, y un ego muy frágil. Bob lo sabía, y sabía cuando había que hacerle la pelota a uno de aquellos trozos. Aún así, le gustaba hacer ameno el camino a la basura que había recogido, y se inventaba historias maravillosas que hacían pasar a toda aquella porquería por todo tipo de aventuras. Bob era un escarabajo muy elocuente aunque esto, claro, llevaba su tiempo. En el caso de Bob, media infancia, y casi toda su adolescencia.
El último día de su adolescencia pelotera, Bob llegó a la que era su casa familiar. Pero no había nadie, ni siquiera estaba su hogar. Su hogar se llamaba Cero, y le vio nacer incluso mejor que su propia madre. Aquello le dolió. Le dolió tanto que casi se ahogó en sus propias lágrimas. Le salvó su pelota de basura, que decidió flotar para ayudarle, por todos los buenos momentos que le había hecho pasar con sus historias. Quiso el destino que se encontrara con su saltamontes de cabecera, que pensando que había llegado la playa a sus pies, por el agua salada de las lágrimas de Bob, se lanzó de cabeza en éstas. Bob, al verlo, le preguntó por sus padres, su hermano, y por Cero, su hogar, y el saltamontes le explicó así lo ocurrido.
- joven, usted padece una enfermedad muy grabe conocida como imaginación, que combinada con su absoluta falta de malicia, le convierte en un ser inútil en nuestra sociedad y mucho más para su familia. Nadie tiene la culpa de esto, sus padres han hecho lo correcto.
Bob lloró y lloró, hasta que perdió de vista al saltamontes. De repente, sintió ira. Luego, sintió mucha pena. Y luego, como si nada, decidió dejar de tener imaginación. Como tenía muy cogido el hábito de imaginar cosas, decidió deshacerse de la pelota de basura para no tener tentaciones, y también decidió no mirar a nadie demasiado rato a los ojos, para no ver cuentos en la mirada de nadie.
Ahora Bob no tenía imaginación, pero seguía teniendo ganas de divertirse. Empezó a beber y a fumar. Y lo cierto es que no se lo pasaba en grande, pero así estaba ocupado. Fumando o yendo a fumar, bebiendo o yendo a beber. Pero su personalidad naturalmente ecléctica y residente en su caparazón no desapareció del todo, y algo le impulsaba a hacer experimentos con sus nuevos, destructivos y socialmente aceptados jobis. Eso era curioso, porque cuando más bebía más sólo se sentía, pero más gente conocía que lo hacía... no quería pensar en ese tipo de cosas, no se quería poner bukosófico.
Estas ansias de experimentar son las que le hicieron querer quemar el instituto de su hermano. Pero él no sabía que era su hermano, ni que había más niños dentro de aquella hoja de geranio enroscada sobre sí misma. No sabía que aquello era un colegio, porque no había ido nunca. Y no sabía que estaba su hermano, porque cuando él se fue de casa aún no había nacido. De hecho Bob nunca llegó a saber que había asesinado a su hermano, aunque le supo muy bien. De haberlo sabido, se hubiera quedado panza arriba sobre su caparazón y maldiciendo al dios Raid se hubiera ahorcado con sus propias antenas. Pero bueno, eso no ocurrió. Pero sí ocurrió que justo estuviera dando clase la única profesora que provoca urticaria interna, la de filosofía bichal.
A Bob le picaba todo. Y como he dicho, si no tuviera el cuerpo de eso de lo que se hacen las uñas, se rascaría hasta en el alma. Así que sólo le quedaba una solución. Ir a la montaña de los cristales rotos, y bailar un tango sobre su barrigota de escarabajo pelotero para intentar aliviarse el picor.
Y con toda la rabia que le habían regalado, se fue, y bailó su tango. Tan mal lo bailó, los escarabajos no tienen espalda para eso, que rodó muy muy abajo, y se pinchó en lo único que se podía pinchar, en el alma. Y también en las antenas. Quizás Bob tuviera el alma en las antenas. Quizás.
Algún paso debió salirle bien, porque al caer, cayó de pie, y encontró pareja de baile. Dieron un par de pasos juntos, y se soltaron. Y siguió rodando, y cayó en el bosque de los estropajos usados. Al despertar, no sabía muy bien si había estado rodando todo el rato, y aquella duda era un fastidio, porque no sabía si ese hormigueo tan extraño que sentía debajo de las antenas, era sueño, o que se había enamorado, y como cayó encima de estropajos puntiagudos, viejos, usados, no sabía si el desgaste de su ombligo era por el tango o por los estropajos. Así que ahora Bob, además de un vividor, y un buscavidas que no sabía jugar al billar, y de un solitario, ahora Bob no sabía...