El haiku es el arte de congelar el tiempo, de cazar el instante. Es un destello de conciencia atrapado en diecisiete sílabas que se distribuyen bajo la estricta métrica de los cinco, siete y cinco golpes de voz. Aunque mantener este rigor silábico en la lengua castellana suele desaconsejarse, decidí convertir la norma en un refugio. Frente a esa rigidez formal, he buscado moverme con ligereza y fluidez, emulando la filosofía del bambú: firme en sus raíces, pero flexible ante el viento.
Este cuaderno nace de una mirada limpia y pausada, la misma que guía el Momijigari, la tradicional caza japonesa de las hojas rojas del arce. Sin embargo, aquí el conteo de las sílabas, la métrica, se vuelve casi una obsesión matemática, una patología poética o una poética patológica, lo que usted, querido lector o lectora, prefiera.
El viaje de este poemario transita desde la quietud de la Casa de Campo hasta el ruido del cercano asfalto; un cuaderno de apuntes sin filtros donde la belleza y los temas clásicos conviven con la ironía, el desgarro del amor, la barra del bar y la terca rutina de los días en una ciudad como Madrid.
Escribir haikus
en la calle Tembleque.
¡Qué atrevimiento!
Escribir haikus
en el barrio de Aluche.
¡Qué sinsentido!
Espero que disfruten de esta selección de haikus tanto como yo he disfrutado creándolos. Y párense, párense a contar las sílabas, pero, por favor, háganlo correctamente y tengan en cuenta la métrica lírica. Y un último consejo: no se obsesionen si no les sale la cuenta.









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